Jerry «CaraQueso» Krug
La autobiografía del cronista que cruzó un océano para que lo entendieran.

Me llamo Jerry Krug y soy el mejor reportero de fútbol americano de la historia.
Ya está dicho. Ahora, si me dejáis, os cuento cómo un chaval de Colby, Wisconsin —sí, el pueblo que le dio nombre a un queso, que de algo me tenía que servir— acabó narrándoos a los Green Bay Packers desde un pueblo de pescadores de Huelva. Paciencia, que la historia es larga y, como todo lo bueno, en parte verdad.
Nací el 1 de diciembre de 1965, con un frío que pelaba la pintura de las paredes. Dos años después, Bart Starr se colaba en la nieve para ganar el Ice Bowl a veintitantos bajo cero, y mi abuelo Jeremías estaba allí. Me lo contó mil veces, con la escarcha en el bigote, así que para mí es como si hubiera estado yo. ¿Que tenía dos años y no me acuerdo? Detalles. Mi abuelo era un cuentista al que nunca le estorbó la verdad para contar algo bueno, y de él heredé las dos cosas que soy: el amor por los Packers y la certeza de que un hombre se hace más grande cuando se cuenta a lo grande.
Lo que no me contó nadie, porque lo viví yo, fue el desierto. Los Packers de mi infancia no ganaban nada. Me crié en los años flacos, los de después de Lombardi, adorando a un equipo que perdía domingo tras domingo a la sombra de unos dioses que yo no llegué a ver jugar. En el 72 nos asomamos a los playoffs y se escapó en una tarde: aprendí que la ilusión se paga. En los ochenta, con Dickey, Lofton y Jefferson, puntuábamos como locos y encajábamos aún más, y aun así acabábamos ocho y ocho, fuera de los playoffs: aprendí que puedes hacerlo todo bien y perder igual. Y me enamoré. No a pesar de que perdieran: me enamoré porque perdían. Querer a los tuyos cuando ganan no tiene mérito. Quererlos en el barro, por pura fe, eso es religión.
En la universidad, en Stevens Point, fui quarterback. Del equipo de prácticas, pero quarterback. Mi trabajo era ser el rival: cada semana me aprendía la ofensiva del equipo de enfrente y la ejecutaba para que los titulares entrenaran contra mí. No jugué un solo domingo —no tenía ni el brazo ni las piernas—, pero me aprendí todas las ofensivas de la liga, una por una. Un entrenador me lo dijo en cuatro palabras que me marcaron: «Krug, tú no juegas. Tú lees.» Me reventé la rodilla, me pasé a Comunicación y empecé a dibujar jugadas en la pizarra. Ahí nació esto que hacemos cada día.
Y llegué arriba: las grandes cadenas, mi nombre en pantalla, mi firma, mi gloria. Mi propia era Lombardi, y no me la invento: fui bueno y estuve en la cima. ¿Y qué pasó? Lo de siempre con los grandes: que molestan. Me rodearon de trajes que no distinguían una Cover 2 de una cortina de baño y de envidiosos que no soportaban a alguien que dijera la verdad a la cara. Me apuñalaron por la espalda, uno a uno, hasta que todo se vino abajo. Me fui con la cabeza bien alta, harto de un mundo demasiado pequeño para mí. (…Vale. Puede que alguna de esas espaldas la pusiera yo donde no tocaba. Puede que no cediera ni cuando había que ceder, y que algún puente lo quemara con mis propias manos. Pero esa versión no me gusta, así que no es la que cuento.)
Y así crucé el charco. Corría 1999 y yo estaba convencido de que el efecto 2000 iba a fundir la civilización y, peor, la NFL, así que salí huyendo hacia donde no llegara ni un cable de la luz. No buscaba nada. Conduje y conduje, perdido y a gusto, hasta que se me acabó la carretera. Y allí estaba El Rompido. Nunca he sabido si lo elegí yo o me eligió él. Me quedé. Y juro que fue el destino.
Llegué sin una palabra de español y con una obsesión que no entendía nadie. Así que aprendí, a base de años y de barra de bar, para poder contarle a alguien lo que llevaba dentro. Y descubrí algo que me hizo mejor de lo que fui en la cima: cuando le explicas el fútbol americano a quien no lo ha visto en su vida, tienes que contarlo todo desde cero, sin trampas. Eso es lo que hago aquí. Por eso os escribo en vuestro idioma y no en el mío.
Y en el sur encontré mi religión otra vez. Fue el Golfo —un marinero de El Rompido, de los de verdad— el primero que me habló del Betis. Me soltó el lema, «¡Viva er Beti manque pierda!» —vivan los míos aunque pierdan—, y me atrapó en el sitio. Era, calcado, lo que me enseñaron los Packers de mi infancia, pero en andaluz. Y encima aterricé en plena era Lopera, un desierto con todas las letras, que de desiertos yo sé un rato. Wisconsin perdedor, Betis perdedor; mi vida entera rima. Lo bonito: aquel equipo de los años malos ha vuelto a jugar en Europa y da gusto verlo. Y mientras tanto, al otro lado del charco, mis Packers llevan años metiéndose en los playoffs: mis dos equipos de perdedores, premiados a la vez. La lealtad, queridos, no se gana ganando… pero de vez en cuando te la premian. Y uno sonríe.
¿Y de dónde saco lo de «CaraQueso»? De ahí mismo, de aquella época. En la radio y en la barra ya rondaba un tal «Caraqueso» en la corte de Lopera —no, yo no era sobrino de nadie importante, solo el gringo del estado del queso que no callaba sobre el tema—, y estaba cantado: me colgaron el mote y hasta hoy. ¿Que por qué llamaban así al otro? Nadie se acuerda, y mira que he preguntado. Pero a un hombre que se inventa media vida, un apodo de origen perdido le viene que ni pintado. Me lo quedé con orgullo.
Y que no se os pase: el exilio no me ha hecho perder ni un solo snap. Desde esta esquina del mapa, a las tres de la madrugada, con el pueblo dormido y el faro dando vueltas, lo he visto todo. Vi a Favre devolvernos a la vida. Vi llegar a Aaron Rodgers —un genio de los que nacen una vez cada medio siglo, que ganó una Super Bowl y debió ganar cinco, y que al final se marchó enfadado con medio mundo; no me preguntéis por qué me caía tan bien, que ya lo sabéis—. Y ahora veo a Jordan Love, el chaval que cargó con la sombra de dos leyendas y aguantó el chaparrón. Después de tanto desierto, por fin volvemos a estar bien.
Así que aquí me tenéis. Sesenta años, el mejor que ha existido (según yo), exiliado y feliz, contándoos a los Packers en un idioma que no era el mío, para los pocos que me entendéis. De mi vida, creeos la mitad: preguntadme dos veces y os contaré dos infancias distintas, y si me pilláis la trampa, me ofenderé. Pero escuchad una cosa, la única que os juro: con mi vida miento; con el fútbol, jamás. Los números, los nombres y las jugadas que os cuento son de verdad, comprobados uno a uno. Podéis dudar de que yo estuviera en el Ice Bowl. De un dato, no dudéis nunca.
— Jerry «CaraQueso» Krug · El Rompido